En la Navidad de 1929, la familia Lawson fue asesinada por su padre. A 92 años de la tragedia se sigue sin saber cuáles fueron los motivos por los que mató a su mujer y a seis de sus siete hijos. La historia incluye rumores sobre la violación de una hija, el embarazo de la menor y hasta un golpe en la cabeza que afectó al asesino. Cómo la granja de la muerte se convirtió en un lugar de macabros tours pagos
El helado día de Navidad de 1929, Charles Davis Lawson (43) se levantó decidido. Hacía semanas que tenía muy bien pensado el regalo que quería para su mujer y sus hijos. Había planificado con cuidado cómo iba a concretarlo. Fue en su granja Brook Cove Road, cerca de la población de Germanton, en el estado de Carolina del Norte, Estados Unidos, donde esa tarde, antes de la cena navideña, les regaló la muerte.
La foto que se manchó con sangre
Hacía tiempo, quizá varios meses, que Charlie -así le decían en la familia- andaba errático, medio perdido en sus cavilaciones. Tenía, además, fuertes dolores de cabeza y un insomnio fatal. A tal punto que decidió visitar a un médico para ver si podía solucionar su falta de sueño y sus jaquecas. Fue a ver al doctor C.J. Helsabeck, en Danbury. Si lo que le indicó el doctor surtió efecto o no, nadie lo sabe, ni está registrado en ficha alguna. Pero estos síntomas adquirirán importancia con el devenir de la historia.
A principios de diciembre, Charlie le propuso a su mujer algo inusual en esa época para una familia rural y que provenía de una clase trabajadora: sacarse una foto todos juntos. Charlie Lawson ya no era pobre, tenía su propiedad y generaba importantes ingresos, así que Fannie, su esposa, no se opuso. Aun así, el evento era todo un acontecimiento: requería tiempo, posar en un estudio especial y pagar mucho dinero. Dicen los que saben que la foto podía salir lo que hoy cuesta un viaje familiar de una familia norteamericana a Disney.
Se compraron todos ropa nueva, más bien elegante y se engalanaron para la cita. Charlie había sido claro: quería que estuvieran de punta en blanco, impecables.
Él no lo dijo, pero sabía que ese sería el testimonio de lo que había construido en los dieciocho años que llevaban juntos con su mujer. Era un lujo que quería darse: que la eternidad los contemplara congelados, en una -hipócrita, claro- postal feliz.LS