Santo Domingo- Escribir en estos tiempos sobre lo que está pasando es un riesgo innegable. Son tan fluidas las circunstancias y las estructuras de información tradicionales se han perturbado tanto, que se ha hecho necesario reconocerle carta de ciudadanía, certificado de mayoría de edad, a la opinión pública, para que sirvan las redes sociales, a las necesidades de su defensa; las de su comprensión para mejor decirlo. Se ha consumado en gran modo como profecía la genial ocurrencia de Mark Twain: “Si no lees el periódico, serás un desinformado; si lees el periódico, serás un mal informado”.
El hecho es que ésto ha engendrado millones de opiniones emancipadas que durante mucho tiempo estuvieron narigoneadas por los grandes y muy exclusivos medios de opinión, que con el traje de luces de la libertad de expresión de las ideas las condujo con la velocidad y la mansedumbre de un rebaño.
Desde luego, no hay que olvidar los tiempos heroicos de la prensa y de las grandes plumas que supieron guiar a las sociedades hasta el momento en que los intereses se fueron apropiando de los medios y éstos quedaron atados a sus servicios. Respetar, claro está, los excepcionales ejemplos de integridad, así como descubrirse ante las legiones de mártires del periodismo de investigación, que no se ha rendido ante la ferocidad de los poderes de la tierra que tienen esa dimensión tenebrosa crecientemente invisible del Crimen Organizado. Para ellos van mi mayor admiración y mis ruegos para que sean reconocidos como epopeya sus méritos inmortales. Cosa ésta difícil de lograr en este tiempo de maldades predominantes.
Se quiso disimular, en todo caso, los efectos tremendos que ese cambio de patrón ha introducido en la extensa nueva cancha de la modernidad. Ha sido como si el eje de la tierra se moviera, como si se tratara de una declaración de independencia rotunda, no de una nación como colectivo, sino de todos y cada uno de sus hijos a título personal, como si se les dijera a cada individuo: “Usted tiene su integridad asegurada sólo si ejerce directamente su defensa. No crea que otros lo harán en su lugar”. “El manejo digital será su instrumento y debe usarlo permanentemente para expresar lo que cree necesario manifestar como su posición; esto no se lo debe a nadie. Será su propio cuido el encargado de imponer su respeto”.
Una verdadera revolución planetaria, con todos los peligros de acelerar tensiones compulsivas dado el hecho de que las hábiles y astutas salutaciones y reverencias al “venerable consenso” están en desbandada por obra de las frustraciones que van desalojando la conformidad como resignada forma de vida.
Es decir que lo que se está presentando como respuesta airada a hábitos de obediencia confiada no es nada pacífico ni tranquilizante. Este es un momento crucial para apreciar lo clave que ha sido un hombre, que como fenómeno, cual fuerza de la naturaleza, desafió a los poderes de la tierra de siempre, encabezando con sus perfiles de tormenta una verdadera revolución de los accesos al conocimiento a la información de cómo son realmente los hechos que alimentan la convivencia humana.
Al ser tan insospechado, tan inadvertido como figura pública significativa, fue sorpresa de todos que viniera a darle validez a aquella anónima máxima popular muy sabia de que “no hay cuña mejor que la del mismo palo”. Un multimillonario showman de tv, dicharachero productor de programas insulsos, era imposible suponerlo capaz de hacer cuanto ha hecho, una vez su pueblo, profundamente dormido en sus laureles, despertó para hacerle su Presidente, en una experiencia que intrigó a los poderes de la tierra que le percibieran muy al principio como “algo pasajero, prescindible, por vacuo, ineducado, fantoche”; en fin, todos los motes derogatorios que contienen los idiomas del mundo.
Se hizo previsible que el Leviatán de Davos, los capitales dueños del mundo, lo vieron como uno de los suyos y que los excesos verbales de campaña serían pura retórica, pues entraría a corto plazo a cerrar filas como miembro del club del millonarismo imperial.
Vuelvo ahora al principio donde trato la disrupción que ha entrañado el uso de las redes y su poder digital, constituyendo un cambio formidable en el modo de llegar a conocer y tratar las cosas. Debo decir que en el comienzo se mantuvo eso como un logro de la asombrosa tecnología digital, aunque durante dos décadas se ha venido recelando de armar así, de tal modo, a la opinión pública de este medio alternativo de defensa que podría resultar más bien trastornador, pues se ha sostenido que “las masas amorfas vandalizarían la información, que se haría cada vez más insultante y agresiva, pues las muchedumbres sólo expresarían prejuicios y bajas pasiones”.
Fue el año diez y seis del siglo en curso el que dio albergue a las redes para un uso distinto a aquel excitante tiempo de la Primavera Árabe del Norte de África en que sirvieran para la convocatoria de las multitudes a plazas públicas para derrocar gobiernos tiránicos, odiosos remanentes de la innata opresión de aquellos pueblos tenidos por atrasados, pese a ser originarios, y al abolengo de antigüedad de la sabiduría, los cuales se invitaron a que se encaminaran hacia la moderna democracia, según lo propusiera un talentoso presidente norteamericano al pueblo musulmán en discurso memorable desde El Cairo.
Al ser hijo de padre musulmán el excitante Presidente norteamericano, muchos quisieron ver como un hecho cumplido y sostenible la primavera a cargo de los hermanos musulmanes, particularmente los de Egipto.
La primavera política, llegó pero naufragó en un tormentoso mar de violencias y reacciones atávicas de una índole reacia a abandonar sus tradiciones de durezas opresivas. Fue, después de ello, cuando en la excepcional nación del Norte, flanqueada por sus dos océanos y ostentando la condición de superpotencia mundial, vanguardia en todos los campos del desarrollo, apareciera ese fenómeno Trump para alcanzar el poder, mantenerlo y defenderlo durante sus únicos cuatro años desde una plataforma digital, haciendo el desafío más extenso y temerario a los poderes de la tierra.
Aquel hombre no pudo ni quiso disimular sus intenciones y declaró que venía con la misión esencial de desecar el pantano de Washington, declarándole la guerra a los medios tradicionales de comunicación del mundo, a quienes reputó como “el mayor de los peligros para la humanidad”.
Sería imposible narrar lo que fue el calvario de aquel candidato, ya hecho Presidente en esos años de poder, habiéndosele deformado como un hombre devastador, un tsunami inclemente. No hubo tregua un solo día para ese presidente. Se le acosó sin cesar de haber recibido el apoyo de Rusia para destruir la reputación de su adversaria en elecciones y su tiempo se invirtió primordialmente en defender su presidencia, propuesta para Impeachment desde el primer día hasta llegar a producirse, realmente, terminando éste por estrellarse en el muro de su farsa acusatoria.
Resulta interesante, hasta pintoresco, comprobar que todo ese tiempo terrible de acoso contra el Presidente Trump bajo esos cargos de alta traición por su connivencia con Rusia, vino a ser exactamente lo que resulto cierto y verdadero de las relaciones entre el Ex Vicepresidente Biden, de entonces, y su familia con China. Esto sin tener que tocar el capítulo de Ucrania, tan severo como lo ha sido el del escenario asiático.
Desde luego, ese aspecto tan comprometedor se sofocó y no pasó a ser considerado en la campaña como algo negativo para este hombre público importante de Estados Unidos, Ex Vicepresidente y Senador de largo ejercicio, hoy Presidente electo, que, por desgracia, figurará como primer beneficiario de la enorme trampa que ha sido la experiencia del virus, el correo y la denegación de justicia electoral, que han sido los tres componentes vitales de un desenlace que ya comenzaré a tratar más adelante y en las próximas entregas.
Debo anotar que aquella lucha interna por desalojar al hombre tsunami iba pareja con otra guerra de escala mundial, ésta frente a una China convertida en Superpotencia, empeñada en forjar un nuevo orden mundial bajo su opulenta férula, en coro con el globalismo del Leviatán de Davos. A todo ésto agréguesele la “mandada al cachimbo” a Europa, señalándole su obligación de pagar su defensa, “que ya estaba bueno de sufragar la OTAN”. Al tiempo que sermoneaba al G7 por la ausencia de Rusia, bloqueada por Unión Europea.
En fin, aquel fenómeno de la naturaleza llamado Donald Trump, con sus acciones pasó a asombrar al mundo, pero, de la peor manera, es decir, se utilizaron en su contra los más agresivos patrones del oprobio con que cuenta su archienemiga, la comunicación social plurivalente, obrando con la potencia de un basilisco y creyendo que su demolición ya era un hecho consumado.
Y lo lograron casi totalmente; lo único que les faltó fue examinar el estado de ánimo y contabilizar las expectativas del pueblo norteamericano, sobre todo, de aquella parte que se había mantenido alejada de las jornadas electorales en las luchas por el poder, hasta que se lanzara a la plaza pública en forma masiva impresionante, desafiando la pandemia, como un anticipo elocuente de los setenta y cinco millones de votos, en un noventa por ciento presenciales, que le daría como apoyo y esperanza a ese hombre insultado de forma tan infame.
Gallup, hace apenas unos días, hizo una prueba del grado de admiración y ¡Oh Señor, y qué es esto! ¿Cómo es posible que resulte el más admirado este “monstruo del desorden”, “un loco” que se puso a hablar de patriotismo, de fronteras y muros contra la emigración ilegal y del crimen de tráfico de drogas? Sólo un loco podía asumir esas cosas como tareas de gobierno. Se ignoraba así el regreso impuesto a los grandes capitales fugados, la obligación de éstos volver a la patria con sus fábricas, con el consiguiente crecimiento monumental de la economía, que llegó hasta la cota del pleno empleo.
Así las cosas, habría que pensar en que fue el pueblo norteamericano quien se puso loco también. ¿Cómo puede ser eso de otorgarle un nivel ganador de un dieciocho frente a un seis de un candidato que no salió a hacer campaña? ¿Acaso éste sólo confió en el voto por correo para poder llegar a ochenta y cuatro millones de votos, diez más que el fenómeno que había logrado el “hombre tsunami”, no por correo, sino presenciales, de setenta y cinco millones de votantes suicidas? ¿Qué ha pasado ahí? Un tollo ruinoso para la más prestigiosa democracia del mundo.
Repito, los riesgos de escribir en medio de la algarabía de la muchedumbre, del enjambre, impiden muchas veces identificar la idoneidad del concepto y de separarlo del disparate o de la mala fe encubierta. Por eso ahora, cuando el Capitolio ha sido atacado, se habla de algo insólito. Y realmente es repugnante y condenable, pero no insólito. Cuatro veces ha sido atacado, primero por Inglaterra junto con la Casa Blanca en los años 12 y 14 del Siglo 19; luego por dinamita por un profesor de Harvard, de nacionalidad alemana en 1915; después por independentistas de Puerto Rico en 1953 y finalmente, en 1984, por violentos críticos de la invasión de Granada y del papel opresivo en el Líbano.
Lo de ahora se lo tendrían que cargar a setenta y cinco millones de votantes inconformes de los Estados Unidos, el profundo, indignado por la denegación de justicia en el aparato judicial y ante el intento del Congreso de convalidar votaciones remitidas por autoridad impropia al margen de la Constitución, no por las legislaturas estatales. Todo bajo el amparo de una comunicación social aplastante, que incurre en el error catastrofal de decir: “Todos los tribunales rechazaron las evidencias porque no las tenían”. Esto es un contrasentido y una falacia, pues las evidencias se ofrecieron y ningún Tribunal o Corte estatal quiso conocer de las mismas.
Todo ese cúmulo cínico de denegación y mentiras fue lo que creó las bases emocionales para el asalto de turbas, infiltradas, claro está, por personajes de la llamada Antifa, a la cabeza un tal señor Sullivan, de armas a tomar. Y se debe decir que examinando las fílmicas primeras hay aberraciones que ponen a dudar de la realidad del asalto. Las filas primeras fueron propiamente invitadas a entrar, casi como un picnic y, lo más grave, lo hacían cuando todavía el Presidente Trump hablaba en la Casa Blanca. Pero, ésta es materia de examen más detenido y eventualmente de carácter judicial.
En suma, es por estar entramada la conflictividad actual en esa telaraña de intereses poderosísimos que el análisis debe ser cuidadoso y trascendental. No se ha estado en presencia de una disputa electoral convencional. Esto es otra cosa, mucho más compleja como contexto. Ese hombre encarna a una nación cuyas mayorías profundas permanecieron considerablemente distantes de las pugnas electorales, pero que, al oírle en sus quejas, despertó y cerró filas con él en términos fenomenales; por encima de la pretensión de hacerle añicos, que se llevara a cabo gracias a la capacidad infinita de hacer y deshacer hombres y verdades al través de la comunicación social aplastante con que cuentan.
Lo dieron por destruido, no comprendiendo que él no es él, sino la encarnación de los intereses burlados de ese gigante que se estuvo expresando con tanto frenesí, desafiando la bestia del virus hecho peste durante la campaña. Algo contrario a lo hecho por sus contrincantes, que prefirieron guarecerse en el retraimiento de sus sótanos, en realidad, por lo seguro que estaban de que su legendario correo servirían para vehicular el fraude encargado de asegurarle una victoria, que va a resultar decididamente pírrica si se toma en cuenta cuanto viene produciéndose como descalabro de sus instituciones. El mayor y más imperdonable, el de la Corte Suprema, que tuvo en sus manos todas las posibilidades de dirimir, en el sentido que fuera, pero prefirió la hipocresía de Pilatos y con ello ha expuesto a su país y a su Constitución a ultrajes innegables.
Pues bien, reventó el día seis de los Reyes Magos y el mundo agotó todo cuanto le quedaba de asombro para ver lo que vio en la llamada “Capital del Mundo”: Asalto vandálico al Capitolio. Un pavoroso error compartido entre los dos hemisferios de esa población gravemente dividida.
Hago un alto y pienso que quizás sea provechoso citar al inmenso Lincoln cuando en la oración final de su discurso de doscientas setenta y dos palabras en Gettysburg, dijo: “Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la Tierra.»Agréguesele a ésto su otra severa premonición: “Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo. Se puede engañar a algunos todo el tiempo. Pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”.
Siempre he creído que es provechoso evocar las reflexiones admonitorias de los grandes hombres de los pueblos porque ellos han sido los faros y no aparecerá mejor advertencia de desastres que las que señalen sus gloriosos juicios dados en ocasiones y con motivos de hechos estelares de su patria. Observen la penetración del gran líder y mártir cuando previene cómo ha de ser el gobierno y cuánta sabiduría hay en esa medición del engaño al pueblo.
Todo cuanto se ve hoy que ocurre en esa nación se puede resumir en una sola palabra: DOLO. Y si se quiere ahondar en sus efectos, basta agregarle la odiosa cobardía de denegar la posibilidad de probar en justicia cómo se cometió y luego pretender convalidarlo como bueno y correcto mediante decisión de su Congreso.
Esto no lo protestó únicamente el hombre Trump, sino el fenómeno popular que ha brotado como un volcán en aquella singular nación, tan excepcional en todo. Es por tener esas convicciones que me atrevo a predecir que sólo se está en el principio de una desavenencia inmensa entre ese pueblo que, cuando se supo enemistar hacia adentro, libró la más violenta guerra fratricida de la historia, para después ofrecer el más brillante ejemplo de sociedad organizada en un estado social democrático y de derecho.
Cuando dijeron desde el seno de la traición del Partido Republicano la misma noche del asalto al Capitolio y se montaba la noche de las abjuraciones de la cúpula envidiosa del partido, se utilizó una expresión evocadora de Franklin Delano Roosvelt, cuando se declaraba la guerra a Japón por la atrocidad aleve e Pearl Harbo, y señalaba el 7 de diciembre del año 1941 como el día de la infamia. Yo me dije, “no, éste más bien ha sido el día del síndrome de la tragedia que puede estar aguardando a ese portentoso pueblo”.
Al despedirme, finalmente, lo he querido señalar pensando en la ceguera que nubla la comprensión de que Trump no es Trump, necesariamente, sino el fenómeno que representa, Que podrán pulverizar al hombre de cualquier modo y eso lo que servirá es para alterar, aún más, el fervor activo de ese gigante dormido que despertara al enterarse de los tratos implícitos que mueven el llamado “nuevo orden mundial” y lo que éste va a implicar para la suerte de su prodigiosa nación.
¿Creen ustedes sano y válido aprovechar el misterioso tiempo de la cuarentena para hacer reflexiones de este tipo? ¿Piensan ustedes que es vano y estéril el esfuerzo por orientar, en medio de estas penumbras engendradas por el dolo electoral y el colapso institucional en la nación más brillante del mundo? Que Dios salve a Estados Unidos y con ello preserve la paz del mundo.