
Filósofo, escritor, ensayista, dramaturgo, director de la Fundación Juan March… Todo eso y más es Javier Gomá (Bilbao, 1965), nombrado en 2012 y 2014 como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica por la revista ‘Foreign Policy’ y ganador del Premio Nacional de Ensayo por su libro “Imitación y experiencia”, la primera parte de su “Tetralogía de la ejemplaridad”, un proyecto filosófico desarrollado a lo largo de una década.
Su último libro se llama “Dignidad” (Editorial Galaxia Gutenberg) y en él analiza extensamente ese concepto filosófico, que Gomá considera el más transformador y revolucionario del siglo XX. Salió a la venta en septiembre de 2019 y ya va por la tercera edición.
¿De qué hablamos cuando hablamos de dignidad?
La dignidad es una cualidad que todo hombre y toda mujer tiene por el hecho de serlo, y en virtud del cual el resto de la humanidad le debe algo: respeto. Se ha hablado de la dignidad siempre como una palabra corriente, en Grecia, en Roma, en la Edad Media, en el Renacimiento, y todavía hoy se utiliza por los políticos y en el lenguaje familiar.
Pero la dignidad no había sido objeto de estudio filosófico, no se había puesto en el centro de una consideración filosófica. En mi libro me gusta definir la dignidad también como el principio contra la mayoría.
¿A qué se refiere?
Siempre hemos pensado que el interés general, la voluntad general, prevalece sobre el individuo, sobre la voluntad individual. Y siempre hemos pensado que la parte debe subordinarse al todo. Pero a partir de los siglos XVIII y XIX, en Occidente, se descubre que el individuo posee una cualidad que resiste a todo, incluso al interés general o al bien común. Y esa cualidad es la dignidad.
¿Cómo tiene lugar este cambio, cómo surge este nuevo concepto de dignidad? Porque es un concepto que ha evolucionado con el tiempo, ¿no?
Sí. El concepto de dignidad es uno de los conceptos que se usan todo el rato pero prácticamente no se definen. Cuando se escribe la historia del concepto de dignidad se habla de los estoicos, de Cicerón, de la Edad Media, de Pico della Mirandola… Es verdad que todos ellos utilizaron la palabra dignidad. Pero la dignidad con verdadero contenido es simultánea al descubrimiento de la subjetividad moderna.
De la misma manera que nace el retrato moderno en el Renacimiento, el ensayo vivencial con Montaigne, la novela moderna a partir de Cervantes, los derechos fundamentales y los derechos humanos, en paralelo a todo eso y siguiendo el mismo procedimiento nace el concepto de dignidad de todo lo individual.
Aristóteles decía que el individuo, el ciudadano, debía subordinarse a la ‘polis’. Y durante el siglo XVIII Rousseau estableció el principio de la voluntad general, que es el principio democrático.
Pero descubrimos que junto al principio mayoritario o democrático, en el que prevalece siempre la mayoría, debemos proteger al individuo frente a los posibles atropellos de la mayoría. Y esa defensa del individuo frente a la posible tiranía de la mayoría es la dignidad, y se produce con el descubrimiento de la subjetividad moderna.
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¿Todo el mundo tiene derecho a la dignidad?
Hay dos clases de dignidades. Hay una dignidad que podríamos llamar filosóficamente ontológica, lo que significa que todo hombre y toda mujer, por el simplemente hecho de serlo, tiene una dignidad que es inviolable e indestructible. Incluso el peor de los hombres posee esa dignidad, y nada en el mundo puede disminuir o perjudicar esa dignidad de origen, y que lleva por ejemplo a disfrutar de determinados derechos, libertades y garantías y que hace que el resto de la humanidad se convierta en deudora, que le deba un respeto.
Otra cosa es la dignidad en sentido práctico, en el sentido de cómo uno se comporta, si su acción moral, su libertad, está o no a la altura, es o no conforme con la dignidad de la que eres portador.
Todos sabemos que existen comportamientos indignos. El que realiza un comportamiento indigno es indigno en el sentido práctico, pero eso no perjudica a su dignidad de origen, que nadie puede atropellar sin cometer un delito, una inmoralidad. Hasta Hitler tendría derecho a un juicio justo.
¿Qué es lo contrario a la dignidad?
Lo contrario a la dignidad es la cosificación, la instrumentalización de lo que es digno subordinándolo a un fin preferente. Nadie en el mundo puede cosificar a otro sin cometer una inmoralidad, una vileza. Lo que no significa que no ocurra. Y tampoco significa que el que es portador de la dignidad no tenga un comportamiento indigno, todos sabemos que eso ocurre. La diferencia es que nadie puede atropellar la dignidad sin envilecerse, sin degradarse y sin degradar.
¿Nos puede dar ejemplos de esa cosificación?
Cuando se invoca por ejemplo que el principio mayoritario, la felicidad del mayor número como decía el filósofo Bentham, el bien común, el interés general, merecen el sacrificio de una persona.
Que podemos matar a esa persona, sacrificarla, encarcelarla, hacerla sufrir un juicio injusto o atropellar sus derechos si eso favorece el progreso del pueblo, el interés general o el bien común. Lo más prodigioso de los sistemas democráticos contemporáneos es haber logrado coordinar estos dos principios contrapuestos, en una especie de equilibrio de poderes.
Es cierto: prevalece la voluntad general. Pero la voluntad general no puede llevar, por ejemplo, a ordenar el sacrificio de niños o la violación de mujeres, no puede ordenar la supresión de la libertad de expresión, no puede ordenar que debamos extraer los órganos vitales a los pobres para dárselos a los ricos que paguen por ello.
La dignidad establece unos principios y aunque la voluntad general fuera en contra de ellos, la dignidad actuaría contra esa mayoría. La dignidad hace por ejemplo que progrese lo que a mi juicio es la gran ley de la cultura: pasar de la ley del más fuerte, propia de los animales, a la ley del más débil, propia de la humanidad.
Y la ley de la humanidad prevalece cuando lejos de prevalecer lo que es rentable, lo que es beneficioso para el grupo, lo que la mayoría decide, prevalecen las personas débiles, los viejos, los niños, los pobres, los enfermos, las minorías… Esa sustitución de la ley del más fuerte por la ley del más débil expresa la dignificación de un pueblo.
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¿Somos conscientes de nuestra propia dignidad?
En España hubo en 2011 el movimiento de los indignados, que fue capaz de agitar mucho la estructura de la sociedad y de la opinión pública porque todo el mundo sentía la dignidad, pero nadie era capaz de definirla.
La dignidad, que en la historia era atribuida siempre a una minoría, a unas dignidades especiales, en el siglo XX experimenta una revolución y se realiza el prodigio de extenderla a todo hombre y a toda mujer por el hecho de serlo.
A diferencia de otros conceptos como la libertad, la igualdad o la justicia -conceptos elaborados por teóricos, por filósofos y por escritores- la dignidad, sin embargo, fue algo que todo el mundo sentía y que representó una demanda social: la dignidad de las mujeres, la dignidad de los niños, la dignidad de los homosexuales, la dignidad de los pobres… En nombre de la dignidad se han hecho grandes revoluciones y transformaciones sociales. Pero aunque todo el mundo sentía la dignidad, nadie la definía, no ha existido un libro filosófico sobre la dignidad.
Aunque la dignidad se ha democratizado, todavía hay colectivos a los que no les ha llegado, ¿verdad?
La dignidad se ha impuesto como algo justo y deseable porque pertenece a la categoría que unos a otros nos reconocemos. Y yo diría que a día de hoy ya nadie niega esa dignidad del hombre y la mujer por el hecho de serlo, por lo menos en la cultura occidental.
Otra cosa distinta es que la transformación social que viene a consecuencia de este principio todavía no sea completa. Pero bastaría con alejarnos 50, 70 años para descubrir hasta qué punto estaba arraigada en la naturaleza humana la idea. aristocrática….MP