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40 mujeres sobreviven al maratón más duro de la historia

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40 mujeres sobreviven al maratón más duro de la historia

Un joven diría que aquello parecía el final de un botellón que se había torcido. Botellas de agua vacías desparramadas por el suelo (el botellón sería analcohólico, pues), bolsas de hielo derritiéndose arrojadas, y en sillas de plástico, la mirada perdida, los hombros caídos, y el espíritu, desorientadas, algunas mujeres sudorosas y calladas, rodeadas de asistentes médicos que les toman la temperatura y las sepultan en bolsas de hielo aún entero. Y de fondo un tránsito constante de grandes buggies de golf convertidas en ambulancias silenciosas que transportan, las persianas bajadas, a jóvenes al borde del desmayo. Y a otras se las llevan en sillas de ruedas.

Los viejos piensan más en la escena final del Danzad, danzad, malditos (o También rematan a los caballos, ¿no?, como se titula la novela que la inspiró), la película que cuenta la miseria de los maratones de baile que en los años de la Gran Depresión norteamericana atraían a los pobres desesperados que querían ganar unos dólares y acaban como las jóvenes que en pantalón corto y camiseta agujereada, y una gorra cargada de hielo que se colocan como con pudor en el pecho y luego en la cabeza corren como autómatas, porque el cerebro le ordena a sus piernas que se muevan y avancen, que bailen, aunque sus movimientos sean de zombis. Algunas ni corren, andan haciendo eses.

Podría ser eso, y ayuda a imaginarlo el que todo ocurriera a casi las tres de la mañana y en un decorado de película ideado por un loco —como un gran parking de coches con enormes torres de iluminación y varias pantallas gigantes de televisión, del tamaño de las de los estadios, ante una tribuna como de hipódromo con cientos de sillones de cuero vacíos, salvo los ocupados por el emir y a algunos de sus jeques con abanicos, y el presidente de la IAAF, Sebastian Coe—, y con 40 grados de sensación térmica en el asfalto (30 de temperatura, más de 75% de humedad). Podría ser eso, pero no era eso. Era el final de la maratón del Mundial, era la Corniche, el paseo marítimo de Doha, donde las torres grandes son hoteles llamados Sheraton y así, disputado en tales condiciones contrarias a la salud, el deporte y el valor de la competición que no había ni un espectador al que no le dominara cierta tristeza reforzada por la rabia al ver el sacrificio, casi humillación, que se imponía a algunas de las mejores atletas del mundo. Fueron 42 kilómetros 195 metros. Seis vueltas a un circuito de siete kilómetros. FB 

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