Desde la limitación que le impone la Constitución, pero bajo su firme defensa y prevalencia, Felipe VI ha emergido como el referente contra el desafío independentista, siempre “seguro y sereno”
En medio de la gran tormenta política, una mariposa amarilla como provocación. La portaba en su solapa Laura Borràs, diputada de JxCat, en su visita al Rey en el marco de la ronda para investir presidente del Gobierno. Esas alas concentraban la campaña de acoso del secesionismo al jefe del Estado, pero el Rey sonrió y estrechó la mano de la dirigente independentista. Borràs pudo llevar el desafío separatista a Zarzuela gracias a la Constitución, la misma que blandió el Monarca para detener el golpe del 1-O. Y también pudo llevar un mensaje del prófugo Carles Puigdemont. «Me dijo: ‘Dile que me gusta más como Príncipe de Girona que como Rey de España’». A lo que Felipe VI contestó: «A mí me gustaba más como alcalde de Girona que como president». Firme pero tranquilo, sin salirse del camino que transita como jefe del Estado.
La anécdota, último episodio de las provocaciones de los independentistas al Rey, refleja la actitud de Felipe VI ante la crisis catalana, la mayor de sus primeros cinco años de reinado y puede que la mayor que tenga que afrontar nunca: contundente, sin rehuir el problema y consciente de su papel de «símbolo» de la «unidad del Estado». Pese a la tensión, los desplantes y las afrentas dialécticas, la Casa Real no ha variado su estrategia: la Constitución como marco y presencia en Cataluña «siempre que se disponga y el Gobierno lo refrende», explican fuentes de Zarzuela. «Acudirá cuando sea oportuno para la defensa de los intereses generales y cuando implique una proyección internacional de España». Las personas consultadas resaltan que el Monarca es «consciente del problema, pero tiene muy limitadas sus funciones». Prueba de ese compromiso es que Cataluña es la región que más ha visitado en estos cinco años, en 36 ocasiones.
Muestra de ese compromiso y de la situación fueron las visitas del Rey a Tarragona con motivo de los Juegos Mediterráneos. El president Quim Torrarompió relaciones con la Corona, participó en una protesta, evitó recibirlo y en el interior del estadio le entregó un libro sobre las cargas policiales del 1-O. El Rey sonrió, estrechó su mano y cogió el regalo. «Soy republicano, pero reconozco y admiro su figura», dice el ex alcalde de la ciudad Josep Fèlix Ballesteros, del PSC.
Enric Millo, delegado del Gobierno en Cataluña entre noviembre de 2016 y junio de 2018, ha compartido días plenos de tensión con el Rey. Desplantes del president y la alcaldesa de Barcelona en el Mobile World Congress; la encerrona secesionista en la manifestación tras los atentados de 2017; cánticos, pancartas… «Siempre transmitía seguridad, no lo vi nunca alterado. Sabía lo que pasaba y permanecía sereno. Nunca se mostró nervioso», dice Millo.
Todas las personas consultadas están de acuerdo: «Siempre ha estado en su papel institucional», pese al aumento de los ataques en su contra. Incluso cuando acudió a la manifestación por los atentados yihadistas.
La labor institucional del Rey ha sido importante, pero más aún la de trastienda. Ha mantenido contacto permanente con líderes políticos y empresarios. El sector económico catalán ha sido uno de sus apoyos, con reuniones secretas como la que protagonizó con una docena de empresarios en la sede de Seat en Martorell en 2014, en su segundo viaje a Cataluña. Joaquim Gay de Montellà, presidente de la patronal Fomento del Trabajo de 2011 a 2018, asistió a ella: «Fue una visita oportuna. Abrió un camino de entendimiento entre instituciones y empresas».