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La Quinta Columna que dinamitó la Guerra Civil tras las líneas republicanas

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La Quinta Columna que dinamitó la Guerra Civil tras las líneas republicanas

La historia nunca bien contada hasta hoy de los ’emboscados’ en territorio enemigo. Su guerra secreta tras las líneas republicanas, en Madrid, Barcelona…

Atravesaban las líneas enemigas a diario, se vestían de milicianos para pasar desapercibidos y, en algunos casos, incluso se infiltraban a las organizaciones del Frente Popular para no levantar sospechas. Así actuaron los quintacolumnistas más relevantes de la Guerra Civil española, hombres y mujeres completamente desconocidos cuyas historias desvela el libro La Quinta Columna: La guerra clandestina tras las líneas republicanas

LAS HERMANAS UNCITI: Y EL AUXILIO AZUL QUE FUNDÓ MARÍA PAZ Y SIGUIÓ CARINA

Los Servicios de Información de la República siempre estuvieron al acecho de la Quinta Columna. La mayoría de organizaciones que actuaron en la retaguardia republicana fueron desarticuladas gracias al trabajo de los infiltrados o agentes alborotadores. Sin embargo, hubo un grupo que se mantuvo intacto hasta el final de la guerra gracias a sus férreas medidas de seguridad. Se trataba de Auxilio Azul, una organización formada exclusivamente por mujeres falangistas cuya jefa, María Paz Unciti, murió en dramáticas circunstancias. María Paz se afilió a la Falange dos años antes de que empezara la guerra. Llegó de la mano de José Antonio Primo de Rivera, amigo de su familia. Tras producirse la sublevación, esta joven ya contaba con cierta experiencia en el mundo clandestino. Desde que la cúpula de Falange fue detenida en marzo de 1936, se vio obligada a trabajar en la sombra junto a otras mujeres de la Sección Femenina.

Pilar Primo de Rivera decía en su biografía que María Paz empezó a realizar actividades clandestinas para la Quinta Columna en agosto de 1936. Pese a tener tan solo 19 años, puso en marcha una improvisada pero eficaz organización que buscaba refugio a militares y falangistas perseguidos por las Milicias de Vigilancia de la Retaguardia. También conseguía víveres y documentaciones falsas para los familiares de los presos franquistas.

Las actividades quintacolumnistas de María Paz se torcieron drásticamente el 30 de octubre de 1936. Fue detenida por milicianos de la checa de Fomento mientras ayudaba a un chico, que resultó ser el cuñado de Julián Marías, a entrar en una embajada. Tras unas horas en esta checa, fue trasladada al cementerio de Vallecas donde fue asesinada. Su cuerpo presentaba una «herida por arma de fuego en la cabeza».

Carina Unciti, hermana de María Paz, recogió su testigo y asumió la dirección del grupo, reforzando las medidas de seguridad. Elaboró un complejo sistema de comunicación basado en células triangulares: cada integrante solo conocía a dos mujeres de su triángulo salvo una de ellas que actuaba como enlace de otros triángulos. También elaboró estrictas normas de acción en las que prohibía a las otras falangistas «hablar de la organización más allá que con sus enlaces» o «saber más» de lo que les correspondía.

Las actividades de la organización fueron frenéticas hasta el final de la guerra. Una de sus agentes más brillantes fue Enriqueta López Moncade, una funcionaria del Ministerio de Obras Públicas, que colaboraba con las quintacolumnistas pese a estar afiliada al Partido Comunista. Su filiación política y su enorme desparpajo, permitió avalar y poner en libertad a decenas de falangistas que permanecían detenidos en las checas madrileñas.

Auxilio Azul también se dedicó a ofrecer misas clandestinas en Madrid sin levantar sospechas. A uno de estos lugares se le conocía como la «parroquia» aunque en realidad era una lechería situada en el número 46 de la calle Velázquez. El escritor y periodista falangista Tomás Borrás aseguraba que, durante la Semana Santa de 1938, allí se llegaron a congregar más de 500 personas en una misa celebrada en Jueves Santo.

La red contaba con otros tentáculos en la retaguardia madrileña. Dos mujeres vinculadas a la organización se infiltraron como mecanógrafas en el SIM, el servicio secreto de la República, y otras en la Cruz Roja Internacional donde obtenían víveres con facilidad. Carina Unciti y sus compañeras también pusieron en marcha un taller de corte y confección en la calle Barquillo que terminó convirtiéndose en el cuartel general del grupo. Allí se hicieron centenares de banderas de España y brazaletes de la Falange que se llegaron a exhibir en la capital horas antes de que entraran las primeras avanzadillas de Franco el 28 de marzo de 1939.

VILLAPALOS, EL AVIADOR: UN ESPÍA DE PELÍCULA Y DOS CONTRABANDISTAS

Gustavo Villapalos fue uno los emboscados que se jugaba la vida a diario para combatir desde la clandestinidad a los republicanos. Padre del que fue consejero de Educación de la Comunidad de Madrid en los años 90, cuando estalló la guerra era un joven guardia civil que realizaba un curso de radiotelegrafista. Simpatizante de Falange desde antes de 1936, este joven de 21 años, nacido en San Martín de Montalbán (Toledo), intentó entrar en el cuartel de la Montaña para unirse a la sublevación, pero llegó demasiado tarde a la plaza defendida por Fanjul. No le quedó más remedio que conspirar contra la República desde la oscuridad y colaborar con las tropas franquistas diseñando sabotajes y organizando expediciones de evadidos.

Sus primeros pasos como quintacolumnista los dio en la sierra de Guadarrama. Al igual que otros guardias civiles, fue enviado a la montaña madrileña para intentar cortar el avance de los franquistas desde Segovia. Pero él no participó en los combates sino todo lo contrario. Fue uno de los organizadores de la evasión de un convoy de la Benemérita a territorio sublevado por el puerto del León. Le faltó poco para conseguirlo. Cuando estaba a punto de coronar el puerto, un proyectil frustró su sueño, provocando que el camión que conducía cayese por un terraplén.

A Villapalos no le quedó más remedio que reintegrarse en las fuerzas republicanas que defendían la sierra. Hizo creer a sus superiores que no sabía nada de esa «gran evasión» y fue obligado a trabajar como chófer personal del coronel José Puig, uno de los mandos militares de la República en la zona.

El 1 de agosto de 1936 se vio envuelto en un extraño suceso que marcaría su historia en la guerra. El coronel Puig perdió la vida en un confuso incidente cuando se dirigía en su coche oficial a una posición avanzada. Villapalos estaba al volante aquel día. Según declaró ante las autoridades franquistas tras la contienda, la muerte del oficial republicano fue un «atentado» perpetrado por él mismo junto a otro quintacolumnista, el capitán Jarillo de la Reguera, ayudante del coronel. Aunque fue acusado de asesinato por los subordinados de Puig, Villapalos evitó su arresto gracias a su verborrea y a la mediación de un importante comisario socialista, amigo suyo de la infancia, que se encontraba en el frente de Guadarrama.

Hasta este momento, el manchego había actuado contra la República en solitario y sin ningún tipo de coordinación con los servicios de información de Franco. Pasó un año hasta que consiguió enlazar con el comandante Bonel Huici, jefe del espionaje sublevado en el frente del Tajo, que le reclutó como organizador de expediciones de personas que huían de la zona republicana. Su buen conocimiento de los Montes de Toledo, su arrojo y su templanza a la hora de encarar situaciones delicadas convirtieron a Villapalos en un gran referente para la Quinta Columna. Hasta el final de la guerra, realizó más de 20 incursiones a territorio sublevado con decenas de evadidos, algunos de ellos de renombre, como el futuro ministro de Exteriores, Fernando María Castiella.

Aprovechando su amistad con el comisario socialista que le salvó la vida en Guadarrama, Villapalos tuvo libre acceso a gasolina y hojas de ruta para sus expediciones. Para no levantar sospechas, utilizaba dos vehículos de la Fuerza Aérea de la República que le facilitaba otro miembro de la Quinta Columna. Entre sus colaboradores más cercanos se encontraba el futuro vicepresidente del Gobierno, Gutiérrez Mellado, que también realizaba tareas de información, especialmente en el tramo final del conflicto. Villapalos fue condecorado por los vencedores. Resultó herido grave durante un bombardeo y abandonó el espionaje para ser piloto de combate. Lo consiguió tras la guerra, pero tuvo que dejar el Ejército después de tener problemas con la Justicia: al parecer llevó en un avión militar hasta Barcelona a dos contrabandistas.

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