NUEVA YORK.- Hasta ahora, nunca estuve de acuerdo con remover al presidente Trump de su cargo. Sentía con todas mis fuerzas que lo mejor para Estados Unidos era que se fuera como llegó: por la vía de las urnas. Pero la semana pasada fue un momento bisagra para mí, y creo que también para muchos estadounidenses, incluidos varios republicanos.
Fue ese momento en el que tuve que preguntarme si realmente podemos sobrevivir a dos años más de Trump en la presidencia, si el demencial comportamiento de este hombre -que no hará más que profundizarse cuando Mueller concluya su investigación- no desestabilizará nuestro país, nuestros mercados, nuestras instituciones más importantes, y por extensión, el resto del mundo. Por todo eso, su expulsión del cargo ahora debe ser una alternativa a considerar.
Creo que la única opción responsable que tiene actualmente el Partido Republicano es intervenir directamente para dejarle en claro al presidente que si no modifica radicalmente su comportamiento -algo que me parece improbable-, los dirigentes del partido no tendrán más remedio que presionar para que renuncie o sumarse a los pedidos de juicio político.
Tiene que empezar por los republicanos, debido tanto a los números en el Senado como a la realidad política. Sacar a este presidente debe ser un acto de unidad nacional hasta dónde sea posible, porque de lo contrario desgarraría aún más al país. Sé que es una movida muy difícil para el Partido Republicano actual, pero hace tiempo ya que debería haberse levantado para hacer frente a esta crisis de liderazgo que vive Estados Unidos.
El comportamiento de Trump se ha vuelto tan errático, sus mentiras tan persistentes, su falta de voluntad para cumplir con las funciones básicas de la presidencia -como leer los informes de los expertos antes de hacer cambios relevantes o de designar un gabinete competente- tan obvia, su facilidad para conciliar con Rusia y fustigar a los aliados de Estados Unidos tan inquietante, y su obsesión consigo mismo y con su propio ego por encima de cualquier consideración tan sistemática, que dos años más de Trump en la Oficina Oval pueden convertirse en una verdadera amenaza para el país. Es casi imposible que el vicepresidente Mike Pence sea todavía peor.
El daño que puede hacer un Trump fuera de control trasciende ampliamente nuestras fronteras. Estados Unidos es la piedra angular de la estabilidad global. El mundo de hoy es como es -un lugar que a pesar de todos sus problemas sigue gozando de mayor paz y prosperidad que en ningún otro momento de su historia- porque Estados Unidos es como es, o al menos, como era. Y Estados Unidos es una nación que en su mejor expresión siempre ha defendido los valores universales de la libertad y los derechos humanos, que siempre ha pagado una cuota extra para estabilizar el sistema global del que fuimos los mayores beneficiarios, y que siempre ha alimentado y protegido sus alianzas con naciones afines.
Donald Trump ha demostrado hasta el cansancio que no sabe nada de la historia o de la importante de Estados Unidos. Y eso quedó descarnadamente al descubierto en la carta de renuncia del secretario de Defensa, Jim Mattis.