WASHINGTON.- Después del revuelo por el anuncio de la retirada de las tropas de Siria, y cuando sus aliados todavía no terminan de digerir esa medida, el presidente Donald Trump se dispone a sacar a la mitad de los soldados norteamericanos de Afganistán , en una polémica estrategia de repliegue que fue desalentada con energía por sus principales asesores militares, y que precipitó la renuncia del secretario de Defensa, Jim Mattis.
Según adelantaron funcionarios de la administración, el mandatario quiere reducir de 14.000 a 7000 los efectivos movilizados en Afganistán. Estados Unidos mantiene una presencia constante en ese conflictivo país desde la guerra que siguió a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, y que expulsó del poder al régimen talibán, santuario de la red Al-Qaeda.
Parte de los 7000 soldados desmovilizados comenzarán a regresar a sus hogares en las próximas semanas, y el resto del contingente dejará el país para mediados de 2019, de acuerdo con las revelaciones de los altos funcionarios de gobierno a diversos medios de Estados Unidos, a condición de anonimato.
Trump exigía el repliegue desde hace tiempo, pero Mattis y otros asesores de seguridad lo persuadieron de no hacerlo. El presidente siguió adelante con su proyecto inicial y la decisión del doble repliegue de Siria y Afganistán, resueltas finalmente esta semana, provocó la sonada renuncia de Mattis, superado en su resistencia a desmontar la presencia armada en esos puntos calientes.
Mattis y los demás asesores alineados en su opinión afirmaban que todavía había mucho por recorrer hasta derrotar a Estado Islámico (EI) en Siria , así como a ese mismo grupo y a los talibanes en Afganistán, dos amenazas insurgentes y terroristas que justificaron en primer lugar la presencia de soldados en esos lejanos teatros de operaciones.
Tras ser expulsados de Kabul en los operativos lanzados en 2001 por el entonces presidente republicano George W. Bush, los talibanes se volcaron a la insurgencia armada, y representan desde entonces una amenaza de muerte contra los sucesivos gobiernos aliados de Washington.
Según las fuentes del gobierno, Trump discutió por última vez los planes de retirada el miércoles pasado con Mattis; con el secretario de Estado, Mike Pompeo, y con el asesor de Seguridad Nacional, John Bolton. Todos ellos le advirtieron una vez más acerca de lo contraproducente que resultaría la medida. Sin embargo, Trump desoyó los consejos, descartó las dudas que podían quedarle y se aferró a sus propias convicciones.
Trump fue elegido presidente con la promesa de replegar al máximo las tropas en el exterior, y la salida de los 2000 militares de Siria y la mitad del contingente en Afganistán se ve como un primer paso en el cumplimiento de esa promesa de campaña, aunque muchos alertaron que puede aumentar el caos. Las tropas norteamericanas en Afganistán dejaron de combatir en 2014 y están dedicadas a entrenar y orientar a las fuerzas afganas, así como a labores de contraterrorismo.
A pesar de eso, los ataques aéreos de Estados Unidos se situaron este año en sus niveles máximos desde el inicio de la guerra, hace 17 años, lo que afianzaba el argumento de Mattis a favor de una presencia robusta.
Desconcierto
Las retiradas parciales de Siria y Afganistán y la renuncia de Mattis dejaron sin aliento a los aliados de Estados Unidos. Sobre todo a la alianza militar de la OTAN, las milicias kurdas en Siria y el gobierno de Kabul. Kurdos y afganos quedaron expuestos a la voracidad de sus múltiples enemigos, desde el Ejército del presidente Bashar al-Assad, en Siria, hasta los talibanes en Afganistán y los extremistas de EI en los dos países.
En la carta de renuncia, Mattis afirmó estar orgulloso de haber servido a Estados Unidos. “Tuve el privilegio de servir a este país. Estoy orgulloso de los progresos realizados en los últimos dos años”, afirmó. Luego aclaró que se alejaba para que Trump designara a un jefe del Pentágono más cercano a su mirada y a sus intereses estratégicos.