
Por razones geográficas, culturales y comerciales, ninguna región del mundo es más importante para Estados Unidos que América Latina.
No obstante, dado que Estados Unidos ha tenido durante mucho tiempo una presencia tan dominante allí, la región recibe comparativamente poca atención de Washington, hasta que algo sale muy mal.
Es por eso que tan pocos estadounidenses parecen haber notado una tendencia alarmante: la larga y lenta erosión de la democracia latinoamericana amenaza con convertirse en una avalancha autocrática.
Nicaragua es el ejemplo más reciente. Desde 2007, el presidente Daniel Ortega ha hecho hasta lo imposible para consolidar el poder y marginar a su oposición. Durante una crisis política en 2018, supuestamente acudió a detenciones extra judiciales, torturas y asesinatos para bloquear a sus enemigos.
Ahora, Ortega se despojó por completo de su máscara y encarceló prácticamente a todos sus posibles oponentes en las próximas elecciones presidenciales de noviembre. La historia cierra un círculo en Nicaragua: el hombre que ayudó a derrocar una tiranía en 1979 ahora establece otra.
Hace dos décadas, América Latina parecía haber escapado de su pasado autoritario. En las décadas de 1970 y 1980, las democracias desplazaron una a una a las dictaduras. Para el año 2000, la Cuba de Fidel Castro era la única isla autocracia de la región. Pero el momento no duró…
En retrospectiva, la elección de Hugo Chávez como presidente de Venezuela en 1999 ya daba inicio a una tendencia ominosa: populistas llegaron al poder mediante procedimientos democráticos y luego se dedicaron a debilitar las instituciones que los limitaban.
Posteriormente, líderes iliberales se mantuvieron en el poder durante largos períodos en Ecuador y Bolivia, donde el creciente mandato autocrático del presidente Evo Morales solo terminó tras un golpe militar en 2019.
El presidente de derecha de Brasil, Jair Bolsonaro, suspira por aquellos días de Gobierno militar. Nayib Bukele, presidente de El Salvador, irrumpió en el Congreso con militares y agentes de la Policía armados para demostrar “quién controla la situación”. En México, los críticos del presidente Andrés Manuel López Obrador debaten si es un aspirante autoritario o si simplemente degrada al sistema político a través de su incompetencia.
Todavía se celebran elecciones periódicas en casi todo país, pero el retroceso democrático se acelera y la inestabilidad política se dispara en países grandes y pequeños. Un buen ejemplo es Perú, que se encuentra actualmente atrapado en un tenso enfrentamiento político por cuestionamientos sobre la legitimidad de una elección presidencial muy disputada y polarizada a nivel ideológico.
Es fácil explicar que esta regresión es el resultado de factores internos: la fachada de la democracia latinoamericana siempre fue más impresionante que su base. Las elecciones democráticas periódicas ocultaban instituciones y normas democráticas frágiles. La persistente pobreza y desigualdad deja un terreno fértil para los populistas ambiciosos.
Los Estados subdesarrollados con bases impositivas débiles lucharon por controlar la creciente violencia criminal, que luego hizo que la democracia perdiera su brillo. Líderes iliberales dominaban un “manual de jugadas ‘autócratas’” que implicaba cambiar las reglas electorales, llenar los tribunales y, de otro modo, cooptar o deformar la infraestructura política de un Estado democrático.LS