El 14 de abril de 2021 una diputada suplente del Partido Nacional (centroderecha, el partido de gobierno) asumió por el día la banca en el Congreso de Uruguay.
Cuando el presidente de la Cámara de Representantes le dio la palabra, ella dijo: “Créanme que para mí es muy importante estar acá el día de hoy. Es un día especial para mí”. Y su voz se quebró ligeramente antes de referirse al proyecto de ley que se votaba ese día.
No sería noticia que una mujer asumiera el escaño de diputada que le dejó un hombre si no fuera porque Angelina Vunge es angoleña, sufrió una niñez de explotación laboral, violencia doméstica y varios abusos sexuales, escapó de la guerra civil de su país (1975-2002) y llegó a Uruguay hace 20 años sin papeles, sin conocimiento del idioma, sin empleo ni dinero.
Y el mes pasado se convirtió en la primera legisladora africana del Parlamento uruguayo.
Vunge, quien tiene hoy 42 años, nació en el seno de una típica familia pobre y trabajadora de la tierra en una aldea del sur de Angola.
Desde muy pequeña se acostumbró a las mudanzas constantes, con el único fin de escapar a los ataques entre la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), un movimiento rebelde que recibió el apoyo de Sudáfrica, Estados Unidos y otras potencias occidentales, y el gobernante Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), que contaba con el respaldo de la Unión Soviética y tropas cubanas.
Vivió así en distitas aldeas: un tiempo en Kinguenda, otro en Kitumba y otro en Kasela.
Y en cada uno de los poblados, además de ir a la escuela, ella y sus cuatro hermanos teníantareas diarias que cumplir, encomendadas por su padre: trabajar en la plantación (la lavra), cortar y cargar leña, cocinar la fuba (el proceso de ablandar, secar y moler la harina de la mandioca), llenar moringas de agua del río, y limpiar la casa, un tipo de choza hecha de paja, madera y barro a partir de un técnica ancestral conocida como pau a pique.
Descalza a la escuela
“Si no estudiaba o no hacía alguna de las tareas domésticas, había que explicar por qué no lo habíamos hecho. Si la justificación no le servía a mi padre, venían las golpizas. Primero a mí, y después a mi madre, porque él entendía que si yo faltaba a las tareas, ella no estaba educando bien a sus hijos. Nos pegaba con palmatorias, una cuchara de madera con un importante grosor”, le dijo Vunge a BBC Mundo.
La misma penitencia tenía en la escuela si cometía errores ortográficos o no sabía realizar una cuenta matemática. La hacían hincarse sobre dos piedras, debía sostener dos objetos pesados con las manos extendidas y recibía golpes en los brazos, cuenta.
Angelina caminaba una decena de kilómetros al día para ir a la escuela. Iba descalza y en lugar de mochila, cargaba sus útiles en una bolsa de nailon.
Un día, a los 8 años, rompió sin querer una piedra de afilar machetes antes de salir a cortar leña. Su padre, al llegar a casa y enterarse, la golpeó, primero a ella y luego a su madre.
Angelina se ató a su hermano Alberto, de año y medio a la espalda, pensando que así evitaría una paliza mayor.
No fue así. Su padre agarró un hacha —”creí que me iba a cortar la cabeza”— y la golpeó en la nuca con la parte no afilada.
Lo cuenta en “Angelina. Las huellas que dejó Angola” (Planeta), el libro autobiográfico que publicó hace ocho años, cuando trabajaba de administrativa en una institución médica en Montevideo y todavía no tenía aspiraciones políticas.
Abusos varios
Angelina cuenta que sufrió varios abusos sexuales en Angola que nunca llegó a denunciar.
Relata que fue violada por primera vez cuando tenía 4 años por un adolescente, que había sido elegido por las familias como el prometido con quien se casaría “cuando le crecieran los senos”.
Los vejámenes se fueron repitiendo hasta que ella tuvo 7 años. La familia de Angelina se mudaba a otra aldea, y allá terminaba coincidiendo también con su abusador.
“Núñez, el hombre que me violó, el pariente que abusó de mí durante tanto tiempo, desde mis 4 años, violentó una serie de tradiciones que estaban arraigadas en las aldeas: que debía protegerse a la mujer, que ésta debía llegar virgen al matrimonio”, narra en su libro.
“Una mujer que es violada permanece siempre en la boca del pueblo, pero jamás se castiga al violador (…) ¿Dónde estaba su familia cuando él me acostaba en la estera y se restregaba contra mí? Yo lloraba y él me decía que no lo hiciera”. Son escenas que —cuenta— le quedaron grabadas para siempre.
Angelina dice hoy que no tenía a quién denunciar la situación. Si osaba contárselo a su madre, esta se lo hubiera contado a su marido, y si su padre se enteraba, la tradición indicaba que quien mancilló su virginidad debía encargarse de mantenerla.
“¡Iba a pasar a vivir con el violador! Además, él le hubiera pegado a mi madre por eso. Yo preferí cuidar a mi madre“.
Violencia doméstica
Al volver de la escuela continuamente se cruzaba hombres mutilados por el conflicto bélico o alguna de las tantas minas antipersonales diseminadas por el territorio angolano.
A los 9 años, ya asqueada de la guerra y la violencia doméstica, Angelina se juró que estudiaría, trabajaría y ahorraría el dinero suficiente para emigrar.
Un año antes había sido testigo de cómo, por una discusión menor, su padre casi mata a golpes a su madre. Dejó a su madre ensangrentada y tendida en el piso.
Cuando él salió afuera en busca de un palo para seguirle pegando, ella y sus hermanos mellizos se pusieron en la puerta y lo obligaron a retirarse a la casa de otra de sus esposas.
“Allá tenemos la creencia de que los hermanos mellizos y quien le sigue tienen un poder especial. Ellos le impidieron el paso”, cuenta.
La madre pretendió separarse de su esposo, pero la familia de ella no lo permitió. Le dijeron que era algo del matrimonio, que debía perdonarlo.
Angelina hizo un bolsito y se fue de Kasela a la capital Luanda, sin ningún plan alternativo. Allá buscó la casa de una madrina, y procuró un empleo.
El calvario para sacar el pasaporte
A los 14 años quiso sacar su pasaporte para poder emigrar. No tenía acceso a internet, por lo que comenzó a preguntar en el barrio.
Cometió el error de confiar en un grupo de muchachos que le prometieron conseguírselo, porque tenían conocidos en el instituto oficial que los tramitaba.
La citaron una tarde en un edificio, atrás de una comisaría, y le dijeron que llevara una foto carné.
“Había un corredor angosto y me dijeron que fuera hasta el fondo. Me dijo uno: ‘Entrá’. ‘Pero dame el pasaporte’, le dije yo. ‘Para eso tenés que entrar’, insistió él”, recuerda en la charla para BBC Mundo.
Cuando accedió al apartamento, la esperaban dos muchachos. “Cállate la boca, me dijo uno, porque si gritás, vamos a llamar a más hombres. Me tiraron en un colchón y yo ya sabía lo que iba a suceder”.
Se fue de ese edificio varias horas después, sin pasaporte.
Pero su calvario no terminó allí. Se fue a su casa sintiéndose realmente mal.
Al día siguiente compró capim de Deus (hierba de Dios, en portugués), una planta con propiedades antiinflamatorias, y se puso paños fríos en el vientre, pero tenía una infección y terminó internada.
El médico que la revisó —recuerda—, comenzó a tocarla y finalmente se masturbó frente a ella, un episodio por el que no presentó denuncia.
“¿Hay guerra en Uruguay?”
La mayoría de edad encontró a Angelina como moza de un restorán que trabajaba para Naciones Unidas.
Era 1996 y fue allí donde conoció a Cristina Benítez, una militar uruguaya enviada por el contingente del país del Cono Sur a Angola en Misión de Paz.
Benítez viajaba tres veces por semana a distintas ciudades angoleñas a brindarles atención (una pieza, comida y ropa) a guerrilleros de UNITA que habían decidido dejar las armas.
A la hora del almuerzo y la cena, Angelina y Cristina se quedaban a charlar en portugués.
La joven angoleña le dijo que quería emigrar, que pensaba en probar suerte en Portugal o Brasil, por el idioma. Benítez le ofreció hospedaje en su casa de Montevideo.
“Tengo tres hijas, pero hay una pieza más, y te comparto todo lo mío”, le dijo.
Lo primero que Vunge le preguntó fue: “¿Hay guerra en Uruguay?”.
“No, no hay guerra. Lo que sí hay es frío en invierno, porque tenemos cuatro estaciones. No como ustedes acá, que no conocen el frío”.
“¿Y allá también caminan despacio, como caminan los soldados uruguayos acá?”, le pregunté.
“Yo veía que los uruguayos no tenían apuro para nada. Caminaban tranquilos con su termo y su mate”, dijo en referencia a la infusión típica.
“Cuando lo vi por primera vez, pensé que vivían drogándose todo el día”.
A Montevideo
Benítez la convenció: se iría a Uruguay, ni bien terminara el contrato que la ligaba a la ONU y pudiera ahorrar algo de dinero para viajar.
Llegó a Montevideo el 28 de noviembre de 1999, el día que se celebraba la segunda vuelta de las elecciones nacionales en la que el colorado (derecha) Jorge Batlle le ganaría al frenteamplista (izquierda) Tabaré Vázquez…MG
