Tres vidas rotas por la violencia policial en las protestas de Chile

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Paola Martínez abre la puerta, pero se disculpa inmediatamente y desaparece en la habitación contigua. Es la hora de las vitaminas y del cambio de muda de su sobrino, Mario Acuña. Si se demora, aunque sea solo un minuto, ‘el ‘cabro’ (chico) se inquieta’, dice.

Se lo tuvo que traer a casa a finales de marzo, cuando el hospital donde el joven llevaba ingresado cinco meses le dio de alta, pese a estar postrado y tener una traqueostomía y una gastrostomía.

‘Cuando le vi abrir su ojito por primera vez lloré de alegría, yo siempre tengo fe de que el Mario va a salir adelante, a veces imagino que me llama’, cuenta a Efe con un hilo de voz.

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