
— Itan Flores apenas era una adolescente cuando su primer novio la encerró durante seis semanas en una habitación que solo tenía un colchón y una radio. Solo regresaba para violarla, dijo ella, y a menudo se rehusaba a darle de comer y beber.
Escapó un día, cuando a él se le olvidó ponerle candado a la puerta. Le dijo que, si a ella se le ocurría informarle a la policía lo que había ocurrido o a sus padres, quienes creían que ella se había ido voluntariamente, mataría a su familia.
“Hasta la fecha, mis padres no saben que estuve secuestrada”, dijo Flores, de 24 años, con los ojos llenos de lágrimas. “Durante mucho tiempo, pensé que todo había sido mi culpa”.
En meses recientes, una nueva generación de mujeres mexicanas ha tomado las calles para desterrar la idea de que, de algún modo —con su forma de vestir, su comportamiento, o los lugares que frecuentan— ellas provocan la violencia de la que son víctimas. Esa actitud está tan arraigada en la sociedad que se extiende hasta la policía y los tribunales.
La ira que está surgiendo en México tiene eco en gran parte de América Latina, donde el machismo es común, y las fuerzas del orden y las autoridades pueden ser pasivas, cómplices o, en algunos casos, incluso abusivas hacia las mujeres que intentan reportar esa situación.
Las manifestaciones a favor de las mujeres en México han sido estruendosas y, en ocasiones, violentas. Las manifestantes han destruido paradas de autobús y han roto las ventanas de estaciones de policía. Algunas han pintado grafitis en monumentos históricos y otras han lanzado diamantina púrpura a las fuerzas de seguridad.
A fines de noviembre, las mujeres llenaron el inmenso zócalo central de Ciudad de México para interpretar el canto de un colectivo feminista chileno que primero arrasó por todo el mundo de habla hispana, para luego difundirse hasta países como Túnez y Turquía. Desde entonces, grupos de mujeres han repetido este canto de protesta en universidades, en las calles o en eventos como la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
“Y la culpa no era mía / ni dónde estaba / ni cómo vestía”, dice el coro del canto, llamado “Un violador en tu camino”.
En América Latina se encuentran algunos de los países con las tasas más elevadas de homicidios en el mundo, según Small Arms Survey, que da seguimiento a la violencia a nivel mundial. En toda la región, a medida que ha mejorado la recopilación de datos, el fenómeno de la violencia de género se ha empezado a reconocer y a comprender mejor.
Una de cada tres mujeres en América Latina ha sido víctima de violencia sexual o física, según las Naciones Unidas, pero el 98 por ciento de los asesinatos de género en la región no se llevan a juicio.
Aunque la violencia tanto contra hombres como contra mujeres ha alcanzado niveles históricos en México, los analistas afirman que muchas de las muertes violentas de mujeres son feminicidios, asesinatos cuyas víctimas fueron atacadas debido a su género.
Además, el número de mujeres que mueren de manera violenta en México está ascendiendo: este año ha alcanzado la cifra de 10 asesinatos por día, en comparación con los 7 por día de hace dos años, de acuerdo con la oficina mexicana de ONU Mujeres, una entidad dedicada a la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer.
Lo que se está viendo en México y en otros países de la región es una nueva generación que conoce sus derechos y ha aprendido a luchar por ellos, dijo Lourdes Barrera, miembro de Luchadoras, un colectivo feminista de Ciudad de México.
“Hay una gran discrepancia entre lo que han aprendido y la realidad de México: el acoso que sufren en las calles, la violencia por parte de sus parejas, la violencia que vemos todos los días”, explicó Barrera.