Cientos de haitianos luchan por encontrar trabajo, comida y techo tras ser deportados desde Estados Unidos a un país que ahora es más violento, pobre e inestable que aquel que dejaron hace casi una década.
La única certeza en sus nuevas vidas es un plato caliente de arroz con carne que les sirven en el aeropuerto antes de que los deportados, algunos de ellos con hijos pequeños, se aventuren a las calles de la capital Puerto Príncipe y más allá en busca de un albergue o a la espera de ayuda de sus familiares.