Cegados por el calor y abrumados por los tapones que suelen caracterizar las principales vías de la capital, la mayoría de los choferes de los transportes públicos ignoraban exigir a los pasajeros la tarjeta de la vacunación al igual que el distanciamiento social antes de abordar el vehículo.
Una vez el autobús, carro o guagua se estacionaba en la parada establecida los pasajeros se abalanzaban sobre ellos luego de agotar una enorme fila por horas y sin mostrar la tarjeta de vacunación contra el coronavirus teniendo como única prioridad llegar a su destino antes que cayera la lluvia que se reflejaba en el cielo grisáceo bajo el resplandor de la tarde.