
“Cuando usted lee sus discursos, la conclusión a la que uno llega es que el dogma vive con fuerza dentro de usted”.
Con esas palabras la senadora Dianne Feinstein resumió la preocupación de los legisladores del Partido Demócrata sobre la jueza Amy Coney Barrett, quien esta semana es sometida a las audiencias de confirmación en el Congreso de Estados Unidos tras ser nominada por el presidente Donald Trump como magistrada de la Corte Suprema.
La frase de Feinstein, que hizo referencia directa a la fe religiosa de Barrett y le recordó que “el dogma y la ley son dos cosas diferentes”, no fue pronunciada ahora sino en septiembre de 2017, cuando esta había sido postulada como jueza de una Corte de Apelaciones.
El tema volvió a resurgir en 2018, cuando se supo que el nombre de Barrett estaba en una lista de preseleccionados por Trump para sustituir al magistrado Anthony Kennedy
En 2017, Barrett -una católica practicante- aseguró que en caso de surgir un conflicto entre sus creencias personales y su deber ante la ley, “nunca colocaría mis convicciones personales por encima de la ley”.
Esa postura la volvió a ratificar este martes ante el Senado.
Sin embargo, el debate sobre su figura no cesa. ¿Por qué?
La respuesta reside en gran medida en el hecho de que su nombramiento puede alterar sensiblemente y por largo tiempo el equilibrio ideológico en el interior de la Corte Suprema, que quedaría conformada por seis conservadores y tres progresistas.
Esto ocurriría, además, en un momento en el cual se espera que en breve el máximo tribunal tenga que decidir sobre casos importantes y polémicos sobre temas como el aborto o la Ley de Cuidados de Salud Asequibles (Obamacare).

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