¿Con IVA o sin IVA?. Una pregunta que seguro todos hemos escuchado en algún momento de la vida de parte del «manitas» de turno, el transportista de la mudanza, el mecánico del taller de confianza… Esa actitud engrosa la llamada economía sumergida, en «B», informal; tiene múltiples nombres, aglutinados todos ellos bajo un concepto: estar fuera del sistema. Trabajadores y empleadores se ahorran las cotizaciones y declarar ingresos en la Renta; se llenan los bolsillos poniendo una venda en los ojos al Estado. Pero ninguno repara en que, cuando vienen mal dadas, el daño vuelve como un bumerán para hacer sangre cuando más se necesita el dinero. Esto mismo ocurre ahora en tiempos del Covid-19. Millones de personas que se mueven por los rincones más oscuros de la economía y que ahora sufren más que nadie el golpe de esta nueva crisis.
España es de los países que tienen una alta tasa de economía sumergida. Aunque los expertos recuerdan que es difícil de medir y cuantificar, todos coinciden en que la eminencia en esto se llama Friedrich y se apellida Schneider. Un investigador focalizado en estudiar este fenómeno cuyas cifras son casi mantras en esto. En uno de sus trabajos para el Fondo Monetario Internacional (FMI) puso números a la economía en «B» en 158 países desde principios de los años 90 hasta 2015.
La evolución en España es clara: en 1992 la economía sumergida suponía el 28,04% del PIB y en el último año estudiado se reduce al 22,01%. Esto se traduce en 240.000 millones de euros más negros que blancos. Aun así, todos los analistas consultados destacan que los datos pueden variar en función de la metodología que se utilice. De hecho, Schneider utiliza hasta tres métodos distintos de medición, siendo el mostrado sobre estas líneas el más amplio en cuanto a concepto de economía sumergida y evolución en el tiempo.
Más cifras. Diversos autores estiman que solo el 60% de la economía sumergida es susceptible de generar ingresos tributarios si pasara a tener luz y taquígrafos. La propia Agencia Tributaria hace suyo ese dato en su Plan Estratégico 2020-2023 y explica que multiplicándolo por la presión fiscal (35,2% en España) surge la recaudación que se pierde cada año. Utilizando las cifras de Schneider, nuestro país estaría perdiendo cada ejercicio el 4,65% del PIB, más de 50.000 millones.
El problema macroeconómico es claro. Y el micro, en estos tiempos de crisis, también. El Gobierno, ante el Covid-19, ha puesto en marcha ayudas públicas para que los trabajadores formales y autónomos -para estos últimos con mucha polémica por las medidas adoptadas, o más bien por las no adoptadas- cobren prestaciones y puedan acceder a líneas de crédito avaladas por el Estado y beneficios para los alquileres, entre otros asuntos. Todo ello está ligado a poder demostrar la situación de insolvencia o despido con papeles. Siempre papeles. Y la economía sumergida si por algo se caracteriza es por ser tan respetuosa con los árboles que ni gasta en papeles.
«Si los autónomos tienen problemas y siguen cotizando, los que están en la economía sumergida tienen todavía más problemas. No tienen acceso a ayudas ni a nada», dice Lorenzo Amor, presidente de la Asociación de Trabajadores Autónomos (ATA) y vicepresidente de CEOE. Y añade: «Cuando hay un albañil que tiene todo en regla y otro señor que no paga impuestos ni cotiza, este último está haciendo competencia desleal». Por ello, Amor rechaza que ahora «papá Estado» salga al rescate también de estas personas. Sin contribución, no hay derecho a las prestaciones.
Misma postura sostiene Javier Sáenz de Olazagoitia, doctor en Derecho por la Universidad de Navarra y profesor asociad de la Universidad de Navarra: « Quien no está en el sistema no se puede beneficiar luego del sistema, que te da cobertura y colchones económicos; el hecho de renunciar a contribuir provoca que renuncias también a recibir un apoyo financiero». Sin embargo, este experto establece una distinción. Están los que tienen toda su actividad en negro y los que solo ocultan una parte. Estos últimos sí que tienen capacidad para acceder a las ayudas, aunque solo sobre el total de lo que pueden demostrar.
Distintos condicionantes
La economía sumergida, ya de por sí particular, tiene dos condicionantes claros en esta crisis del coronavirus. «Son millones de personas más vulnerables por varias razones. Primero, porque es un colectivo que vive muy al día y no tiene un colchón para aguantar sin ingresos. Y segundo, por no estar cotizando ni declarando, tienen mucho más difícil acceder a las ayudas», explica Daniel Vaccaro, profesor de Fiscalidad en EAE Business School.
Pese a que todos los expertos y autoridades coinciden en que hay que luchar contra este tipo de fraude, no siempre las personas escogen estar en «B». En ocasiones se opta por permanecer en la economía sumergida y otras veces es forzado por el empleador, que no da más opción que esta para conceder un trabajo. A todo ello, además, como señala Vaccaro, hay que sumar la corresponsabilidad que tiene el consumidor en todo esto. El mercado laboral es responsable pero también los consumidores que piden la manida frase del «sin IVA».
Raymond Torres, director de Coyuntura y Economía Internacional de Funcas, no duda en señalar que ahora la economía sumergida se expone al cierre total de su negocio. Y desliza un factor a tener en cuenta a futuro: está desapareciendo el uso del dinero en metálico por el temor al contagio por las monedas y billetes. Una vez pase la crisis, con un menor uso de esta forma de pago, también puede afectar al auge (o no) de estos colectivos que utilizan el efectivo para no dejar rastro.
Con todos estos condicionantes, la economía sumergida y quienes viven de ella afrontan el panorama en muchas mayores dificultades que el resto. Ni pueden trabajar ni reciben asistencia del Estado. Habrá que ver qué ocurre tras la emergencia sanitaria, cuando España se adentre en una más que posible crisis económica de corto-medio plazo. Aquí conviene echar la vista a lo ocurrido, por ejemplo, en la crisis desatada en 2008. La economía sumergida suponía hasta ese año el 21,53% del PIB; cuando todo se torció subió hasta tres porcentuales para empezar a reducirse en la etapa de la recuperación
