CÚCUTA, Colombia.- Un universo de gente desesperada nutre día tras día la frontera más caliente de América Latina. Estamos en Villa del Rosario, el límite fronterizo de Colombia; al otro lado, el San Antonio venezolano. Y en el medio, el Puente Internacional Simón Bolívar y un número indeterminado de senderos en medio del monte que sirven como atajos ilegales.
La situación es tan desmesurada que el gobierno colombiano ordenó a sus arquitectos que revisen una por una las columnas que sostienen los tres puentes que separan los dos países. Nunca antes habían soportado tamaño tránsito de personas. Son tantas que ya diagnosticaron “señalamientos de las dificultades de la infraestructura”. Al otro lado, Nicolás Maduro niega la evidente diáspora, e incluso asegura que son los colombianos los que están entrando en Venezuela.
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La gran mayoría se sienten como los sirios, expulsados de su país por un mal gobierno. Trabajadores y antiguos estudiantes, hijos y abuelos, desilusionados y soñadores, desesperados y hambrientos. También hay contrabandistas de combustible, vendedores ambulantes, “tinteros” (vendedores de café), baqueanos, revendedores de alimentos, prostitutas, delincuentes, “coyotes”, raspadores de hojas de coca, pedigüeños… Y “sirios”, muchos “sirios”.
“Nos sentimos como los sirios huyendo de una guerra de hambre”. Rubén Darío Poleo es el líder de los emigrantes venezolanos que pernoctan en el Parque Santander, en el centro de Cúcuta. La capital del norte de Santander, a diez minutos de la frontera, era hasta hace poco un enorme dormitorio al aire libre. Pero el despliegue militar y policial de los últimos días, casi 3000 efectivos que se unieron a los que ya enfrentaban el nuevo “problema internacional” de Colombia, variaron el escenario local. Soldados de elite, tanquetas, francotiradores, antidisturbios. Incluso investigadores que descubrieron pequeños campamentos de emigrantes enquistados entre arbustos en medio de una autopista.
Poleo, soldador de 57 años, solo lleva cuatro semanas en Cúcuta, pero vivió en carne propia el dolor de un éxodo masivo que ya supera los cuatro millones de personas. Expertos y sociólogos vaticinan que el posible triunfo electoral de Maduro provocará una nueva oleada, dispuesta a desparramarse por el continente. La mayor de la historia de Venezuela y la mayor crisis migratoria de Colombia.
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José Ángel Solórzano, de 22 años, duerme a pocos metros del soldador, en el atrio de una iglesia. Esta noche busca un nuevo resguardo, siente cerca la presión policial. Quién se lo iba a decir cuando se ganaba tranquilamente la vida como albañil en Venezuela. Los callos de su mano demuestran el trabajo duro de antes y las penalidades desde que cruzó la frontera. “El gobierno de Maduro está acabando con mi país. Lance quien se lance, presente quien se presente a las elecciones, siempre ganará él. Todo está planeado”, dice.
Sus palabras son apoyadas por el coro de paisanos que ya lo rodean; todos quieren hablar con el periodista para quejarse de sus vidas como los nuevos parias de América Latina. Todos ellos encuentran un único culpable: Maduro. En cambio, la absolución planea sobre la figura del comandante Hugo Chávez.
El Parque Santander acogió durante semanas a los emigrantes sin techo, perseguidos por la policía que pretende acabar con el dormitorio a cielo abierto. Las medidas anunciadas por Santos se están aplicando estrictamente, aumentando la incertidumbre de los emigrantes.
En la otra esquina sobresale la cabellera pelirroja de Roger E., de 23 años, natural de Antímano, la parroquia más chavista de Caracas. Allá arreglaba todo tipo de motos, era feliz, incluso se creía aquello de “la felicidad suprema” impuesta por el chavismo.
