La reflexión sobre las formas de intervención estatal y su rol en la construcción de una Economía Social y Solidaria
Por Carlos Malarinos -
El Salvador- La Economía Social y Solidaria surge bajo una triple determinación. En primer lugar, como un conjunto de iniciativas policentradas (Gaiger, 1999) de distintos actores sociales que tratan de elaborar alternativas económicas que garanticen la reproducción ampliada de su vida (Coraggio, 2007b). En segundo lugar, como un proyecto de transformación social multifacético (Razeto, 2007) que procura construir una economía alternativa a las prácticas dominantes y el capitalismo (Gaiger, 1999). Por último, como una disciplina teórica que toma a la solidaridad, la cooperación y la reciprocidad como fuerzas económicas efectivamente existentes en la realidad social (Razeto, 2007) y con posibilidades de crear nuevas formas de hacer economía socialmente eficaces y eficientes. Ello supone, en consecuencia, definir a la Economía Social y Solidaria como un movimiento esencialmente crítico –sin desconocer la existencia de otras miradas-. Desde esta perspectiva, la crítica comienza por el cuestionamiento de las estructuras económicas dominantes y las lógicas sociales que le son inherentes.
A lo largo de su historia, el capitalismo se ha caracterizado por su capacidad de producir riquezas. El capitalismo está fundado, entre otras, en la creencia de que el mercado es capaz de autorregularse para el bien de todos y que la competencia es el mejor modo de relación entre los hombres (Polanyi, 2007 y 1980). Sin embargo, esta dinámica ha sido acompañada por una constante concentración de la renta, provocando crecientes desequilibrios regionales, desigualdades sociales, miseria y exclusión. Las empresas capitalistas producen bienes y servicios para generar un excedente monetario entre el dinero invertido en la producción y el dinero obtenido mediante la venta de esa producción. Se dice que el dinero funciona como capital precisamente cuando sigue esta dinámica de auto-valorización. Pero los bienes y servicios producidos no sólo son mercancías mediante las cuales se realiza la ganancia del capitalista, también son los medios a través de los cuales las personas satisfacen sus necesidades. Sin embargo, esta condición que hace de las mercancías objetos útiles, satisfactores de necesidades humanas, está subordinada a la maximización del capital invertido en su producción. Esto significa que las empresas capitalistas producirán mercancías en la medida en que obtengan un beneficio por ello, sin importar las necesidades o las personas que dependan de ellas. Es decir, las lógicas de acumulación y lucro, consustanciales al capitalismo (Mandel, 1973), son ciegas a las necesidades humanas y a los limites de sustentabilidad ecológicas, pues sólo reconocen la demanda efectiva, por lo tanto, quien no tiene capacidad de compra no es reconocido por el capital como perteneciente al mercado (Polanyi, 2007; Rubin, 1974).
Esta dinámica social propia del sistema capitalista se ha ampliado a través del tiempo y el espacio, alcanzando en el período actual una de sus mayores crisis históricas. En este escenario, bajo diversos títulos, han emergido prácticas colectivas y movimientos sociales que propician otras relaciones económicas que tengan en cuenta la mejora en la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo, a la vez que reivindican valores alternativos. Estas prácticas económicas están fundadas en relaciones de colaboración solidaria, inspiradas en viejos y nuevos valores culturales que contemplan a la persona como centro de las actividades económicas. Estas iniciativas, sin embargo, han sido “invisibilizadas” por la teoría social (Sousa Santos, 2006). La racionalidad instrumental y utilitaria que inspira a buena parte de las Ciencias Sociales y a casi la totalidad de la teoría económica (Caillé, 1996), da cuenta del grado de complicidad de las disciplinas científicas con los modelos sociales dominantes y de la “mentalidad de mercado” (Polanyi, 1980) que subyace a sus esquemas analíticos. Las prácticas económicas que no se ajustan plenamente a estos presupuestos son definidas, en el mejor de los casos, como experiencias marginales, cuando no son directamente ignoradas. En este sentido, estas iniciativas alternativas son construidas como “no existentes”, quitándoseles todo crédito y valor social (Sousa Santos, 2006). La misión de la Economía Social y Solidaria, en tanto disciplina crítica, consiste precisamente en rescatar estas experiencias embrionarias y potenciarlas, ampliando y enriqueciendo la realidad social del campo económico y ensayando otros futuros posibles.
Buena parte de esta disputa consiste en resignificar el rol y el sentido del trabajo en tanto actividad humana primordial. El trabajo es una de las formas fundamentales de vinculación del hombre con la naturaleza y con sus semejantes, es una actividad social por excelencia. Mediante el trabajo el hombre modifica la realidad que lo circunda, crea un mundo a su imagen y semejanza, se apropia de la naturaleza y le da una forma acorde a sus intenciones. Al transformar la naturaleza, que en un principio se le contrapone como un mundo extraño, ésta se transforma en una manifestación de su propia actividad. Para ello, necesita de la colaboración de sus semejantes, debe entablar relaciones sociales. Con ello el hombre no sólo se apropia del mundo exterior sensible, también reconoce en él a un producto de su trabajo, se reconoce a sí mismo como actor en el mundo y al mundo como resultado de su acción. Bajo el capitalismo, sin embargo, el trabajo asume una forma social particular: se convierte en una “mercancía ficticia” (Polanyi, 2007) productora de plusvalía (Mandel, 1973; Marcuse, 1972, Rubin, 1974). El trabajo en el capitalismo se transforma en una actividad que no está sujeta a la voluntad del trabajador: es subordinado a los mandatos del capital y a los objetivos de maximización de los beneficios. El carácter forzado del trabajo, su organización en función a intereses ajenos a las necesidades de los trabajadores, es el factor que otorga a la actividad laboral su cualidad enajenante (Marcuse, 1972). Dicha condición del trabajo humano ha requerido a lo largo de la historia un proceso continuo y siempre repetido de sometimiento y expropiación de los trabajadores, desde los orígenes del capitalismo hasta nuestros días (Dobb, 1972; Marx, 1998; Polanyi, 2007).
El cuestionamiento de estas formas y finalidades del trabajo humano no es una tarea sencilla. Las experiencias recientes de autogestión han dado cuenta de las dificultades que encuentran los trabajadores para crear espacios alternativos de sociabilidad laboral. La reversión de prácticas y hábitos incorporados, así como la creación de modalidades de gestión y producción democráticas, aparecen como desafíos permanentes de estas iniciativas (Tiriba, 2007; Peixoto de Alburquerque, 2004). Las principales amenazas emergen de un contexto fuertemente hostil, compuesto por un mercado capitalista que impone sus reglas de competencia y maximización del lucro, así como un Estado incapaz de crear figuras legales, impositivas y comerciales que reconozcan las singularidades de estas experiencias. El caso de la empresas recuperadas ha sido ejemplificador, mostrando tanto las capacidades de innovación que poseen los trabajadores en la creación de modelos de gestión y decisión colectivos (Fernández Álvarez, 2004; Fajn y Rebón, 2005); como las dificultades y tensiones que las atraviesan, reflejadas en la reaparición de relaciones asimétricas y situaciones conflictivas en torno a las jerarquías, las remuneraciones o las responsabilidades (Fernández et al, 2008; Bialakowsky et al, 2004). De igual forma, el futuro de las experiencias autogestivas no es ajeno a la resignificación de términos con una fuerte carga valorativa, como eficiencia (Gaiger, 2004a) o sostenibilidad (Coraggio, 2005b; Alves de Carvalho, 2004), que usualmente constituyen parámetros para evaluar los resultados y la viabilidad de estas prácticas.
Finalmente, los caminos en la construcción de una Economía Social y Solidaria no son ajenos a la política (Coraggio, 2005a), a las alternativas emergentes desde los sectores populares (Thwaites Rey, 2004; Mazzeo, 2005) y al debate sobre el rol potencial que puede jugar el Estado en ese proceso (Coraggio, 2005a y 2005b; Thwaites Rey, 2004; Mazzeo, 2005). Estos interrogantes cuestionan los planteos que ven en la economía una esfera autónoma regulada según sus propias reglas y demandan una redefinición del vínculo entre política, economía y sociedad. El tal sentido, pensar y proyectar otra economía supone necesariamente un cuestionamiento político del orden económico actual, el desarrollo de una estrategia política y la construcción de un sujeto colectivo capaz de encarnarla (Coraggio, 2005a). Sin embargo, el debate no ha logrado alcanzar un consenso sobre la relación entre los fines y los medios del cambio social deseado. En buena medida, la discusión ha girado en torno al papel del Estado. Algunas posturas ven en un Estado en transición o reformado un actor importante para la consolidación y extensión de las prácticas económicas solidarias y la mutación de las estructuras sociales. Otras miradas rechazan la figura estatal, reducen las posibilidades de lograr cambios profundos en su lógica social y descartan la necesidad de su intervención en los procesos económicos para lograr cambios radicales. Estas discusiones resultan especialmente relevantes en un contexto como el actual donde, desde las esferas gubernamentales, se diseñan e implementan políticas que toman a la Economía Social y Solidaria como paradigma orientador de políticas públicas y programas de desarrollo social (Coraggio, 2005b; Haddad y Lampreabe, 2007; Hintze y Deux Marzi, 2008; Merlinsky y Rofman, 2004; Roffler y Rebon, 2006; Scala, 2008). La discusión de los principios que inspiran estas medidas de gobierno, las formas que finalmente han asumido durante su aplicación, la relación entre políticas sociales y políticas económicas, así como los logros y resultados alcanzados hasta el momento, constituyen una fuente empírica importante para la reflexión sobre las formas de intervención estatal y su rol en la construcción de una Economía Social y Solidaria. clubayudamutua.ning.com/
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